Silvia Abril, en body y La mejor gala Goya de los últimos años


Hubo grandes momentos, y no caben todos aquí. El más imperecedero fue el de Jesús Vidal, un actor discapacitado que dijo a sus padres, con el premio más importante del cine español en las manos: “Yo quisiera tener un hijo como yo para ser unos padres como vosotros”. El homenaje a Ibáñez Serrador, por supuesto, que de tan postergado quedó mucho más emocionante, aunque conveniene no arriesgar tanto. Rosalía salió a hacer ese trabajo suyo de ser diosa, un empleo de locos.

Ver a José Coronado siempre invoca aquel verso que Borges escribiría hoy así: “Pensar de tarde en tarde en José Coronado es una de las buenas costumbres que nos quedan”. Y Amaia. Si de algo abusan estos espectáculos es de presentar el conflicto entre actores, las supuestas improvisaciones o los fingidos errores técnicos tratando de convencer al espectador de que es verdad, de que “esto no está preparado” con insistencia machacona, como si fuésemos niños del cinco de enero. Y allí salió Amaia a decir que no, que se había estropeado una canción y que había que volver a empezar. Supimos que era verdad porque no avisó de que no estaba preparado: supimos que era verdad porque no tuvo necesidad de aclararlo. Así funcionan siempre las cosas.



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