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No es la primera vez que José Carlos Plaza se enfrenta a ‘Divinas palabras’, escrita por Ramón María del Valle-Inclán hace ahora un siglo, en 1919, y que el gallego subtituló -con el atino que acostumbraba-, como Tragicomedia de aldea. La última de ellas fue en 1997, en versión operística, con música de Antón García Abril, en el Teatro Real de Madrid. La que hoy nos ocupa, también con dramaturgia y dirección de José Carlos Plaza, ha sido estrenada hace sólo unos días en el Teatro María Guerrero, y es un grandioso monumento a la palabra y a la estética valleinclanescas.


En ‘Divinas palabras’, la que es, sin duda, la tragicomedia más representada de Valle-Inclán, se presenta el sórdido mundo de un grupo de personajes miserables que luchan a brazo partido por la vida. La acción gira alrededor de la familia de Pedro Gailo (Carlos Martínez-Abarca), un sacristán casado con Mari Gaila (María Adánez), una mujer de armas tomar, con quien tiene una hija, Simoniña (María Heredia). La hermana de Pedro Gailo muere, dejando a su engendro, Laureaniño el Idiota, un chico enano e hidrocéfalo, a quien sus familiares exponen en las ferias como medio de supervivencia del clan. Muerta su madre –ya se sabe, el muerto al hoyo y el vivo al bollo…-, el objeto del negocio se lo disputan Marica del Reino (Consuelo Trujillo), hermana de la difunta, y los Gailos. El problema se zanja a través de una fórmula salomónica de reparto de las atenciones y los beneficios del pequeño monstruo: la mitad de la semana para unos, y la otra mitad para los otros. Pero todo se ve pronto truncado porque Mari Gaila incumple el pacto y, mantiene a su sobrino político más allá de los días pactados. El final trágico del engendro, muerto a causa de un ataque de asma y devorado por los cerdos, y los devaneos de Mari Gaila con su amante Séptimo Miau, desencadenará un trágico e imparable enfrentamiento entre Marica del Reino y Mari-Gaila…


La muerte, la avaricia, el fanatismo, la sexualidad y la lujuria atraviesan ‘Divinas palabras’ con la misma fuerza e intensidad que lo hacen en otras tragedias y esperpentos del autor gallego. La exuberancia del lenguaje, las situaciones extremas y la ambición desmedida de los personajes reflejan la crueldad de una España, la de principios del siglo pasado que, en la visión de Valle, luchaba por la mera supervivencia y en donde parece que no cabían los valores éticos ni morales.

Estupendo todo el elenco, con una María Adánez que encarna a una Mari Gaila apasionada y sensual; Consuelo Trujillo es una Marica del Reino enérgica y decidida a hacer valer sus derechos sobre su sobrino discapacitado, cueste lo que cueste; Pedro Gailo, Carlos Martínez-Abarca, envuelve en sus latines sus pequeñas virtudes públicas y sus grandes vicios privados; María Heredia es una encantadora Simoniña. Y con ellos, Ana Marzoa, Javier Bermejo, Alberto Berzal, Chema León, Diana Palazón, Luis Rallo y José Luis Santar, que se mimetizan con sus personajes a lo largo de la tragedia (Séptimo Miau, el Ciego de Gondar, la Ventera, Soldados, Mendigos, Mujerucas, etc.

El realismo, el esoterismo y lo ancestral de la España profunda se retratan también a través de la magnífica escenografía de Paco Leal (distintos espacios construidos apenas con telones y toldos que marcan los lugares habitados por los personajes), quien también ilumina con sutileza el montaje. El resultado es una suerte de frescos naturales sucesivos y sorprendentes que bien podrían haber salido de la mano de Francisco de Goya. Y, junto a ellos, el deslumbrante e imaginativo paisaje musical y sonoro de Mariano Díaz repleto de aires de músicas gallegas y celtas mezcladas con sonidos de campanas, animales domésticos y sonidos de la fecunda naturaleza de la patria de Valle-Inclán. Un marco fascinante e imaginativo para que en él se suceda la tragedia que contiene ‘Divinas palabras’.

Estamos ante un montaje lleno de pasión, la que mostró Valle-Inclán por su país en toda su obra literaria, y la que ahora añade José Carlos Plaza con su visión de la tragedia que, posiblemente, mejor resume el pesimismo sobre España que el dramaturgo gallego concentró en sus esperpentos y tragedias. Un montaje imprescindible que nos ayudará a conocer nuestro pasado y nuestro presente.

‘Divinas palabras’

Autor: Ramón María del Valle-Inclán
Dramaturgia y dirección: José Carlos Plaza

Reparto: María Adánez, Javier Bermejo, Alberto Berzal, María Heredia, Chema León, Carlos Martínez-Abarca, Ana Marzoa, Diana Palazón, Luis Rallo, José Luis Santar y Consuelo Trujillo

Escenografía e iluminación: Paco Leal
Vestuario: Pedro Moreno
Música y ambientes: Mariano Díaz
Ayudante de dirección: Montse Peidro
Fotografía: marcosGpunto
Diseño de cartel: Javier Jaén
Producción: Centro Dramático Nacional y Faraute Producciones
Teatro María Guerrero, Madrid
Hasta el 19 de enero de 2020

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